2 – ¿Puede cambiar una persona?

ALBA EDITORIAL. Barcelona www.albaeditorial.es

La respuesta es ¡afirmativa!

Cuando les propongo a mis pacientes la conveniencia o necesidad de que establezcan cambios en su estilo o modo de vida y pensamiento, porque algo de lo que venían haciendo no ha dado los resultados apetecibles, me encuentro con que muchos confiesan que es imposible modificar la propia personalidad y el carácter. Están convencidos de esa imposibilidad, probablemente, porque creen que su personalidad y carácter es obra de los genes y que la herencia es algo indeleble, cuando la personalidades el resultado de dos influencias, el aprendizaje y la acción de los genes y cuando la epigenética (ciencia relativamente nueva) viene desmontando esa creencia al afirmar que nosotros podemos activar y desactivar muchos de nuestros genes, mediante el estilo de vida, de conductas y de forma de pensar que elijamos. Por eso se les agrandan los ojos de escéptica sorpresa hasta que les demuestras que sí es posible, mientras otros creen que se lo dices para animarlos y que tal manifestación no pasa de ser un intento de sembrarles esperanza, para que se motiven.

En realidad resulta esperable que quien viene comportándose y pensando de un modo determinado, considere improbable o imposible llegar a ser de otra manera. Pero están en un error.

SE PUEDE CAMBIAR

Para demostrar que lo que digo es posible lo primero que hace falta es ponerse de acuerdo en qué es la personalidad y si es cierto que es poco menos que inamovible. En efecto, la personalidad viene determinada en parte por la herencia, pero también es verdad que, fundamentalmente, es el resultado de las miles de interacciones con el ambiente y contexto que nos rodea, entendiendo por ello las personas, las situaciones, los lugares, los sucesos, el trabajo, la cultura, etcétera; la personalidad, pues, es el resultado de cierta carga genética más de esas miles de vivencias, experiencias y aprendizajes a lo largo, sobre todo, de los primeros años de vida. Es decir, es en una medida gran medid mayor de lo que nos parece  el resultado de nuestras conductas, de lo que hacemos y eso que hacemos en una determinada dirección va constituyendo nuestro perfil o nuestra personalidad: uno se hace pesimista pensando de forma negativa, uno se hace avaro acaparando bienes y objetos, uno se hace introvertido encerrándose en sí mismo y sin comunicarse cuando debería hacerlo y asi sucesivamente.

No obstante, lo que llamamos personalidad también es resultado del conjunto de nuestros pensamientos, juicios y creencias. Un ejemplo: Si un ser humano se muestra extrovertido, es porque desde pequeño ha ido construyendo la creencia de que relacionarse es saludable y positivo, bien porque se la han inculcado, porque ha visto a otros comportándose extrovertidamente o porque ha ido descubriendo esa realidad a base de ir comportándose de esa forma en miles de ocasiones, porque ha practicado las conductas de hablar, de dirigirse a los demás,  de integrarse en los grupos en lugar de limitarse a que los demás se acerquen a él, de jugar, preguntar, responder, divertirse y reírse en compañía, preguntar, saludar, mostrar afecto, buscar a la gente en vez de evitarla, etcétera. El resultado de todos estos comportamientos es su sociabilidad o personalidad sociable y extrovertida. Añádase a ello que se ha esforzado en actuar de forma que se facilitasen esos comportamientos, en pensar lo bueno que es relacionarse, que los demás lo necesitan y él a los demás, en plantear que resulta estupendo ayudar a otras personas y facilitar la comunicación, que el resto de gente puede enriquecerle o viceversa, o cosas por el estilo. Su pensamiento habrá estado a favor de considerar las ventajas de socializarse.

Tal cosa puede llegar a producirse. No niego el hecho de que, por herencia, el sujeto tiene predisposición a relacionarse, pero eso es una parte más, no la más decisiva, aunque a muchos les interese justificar con ello su falta de determinación. Lo importante es que lo que ha practicado ha sido la comunicación y creer que la comunicación es positiva y eso le ha ido convirtiendo en un ser sociable y abierto .

Esto no es más que un ejemplo de que la manera de ser es fruto de los comportamientos, sobre todo, de los pensamientos que cultiva y en parte de la herencia. Así, en cuanto practicamos los comportamientos que queremos, porque nos llevan en la dirección deseada, comienza a producirse y hacerse realidad el cambio, con lo cual se han sentado las bases para seguir en esa línea y poder constatar que hemos cambiado en efecto.

Por lo tanto, a la vista de lo dicho, si una persona quiere cambiar puede hacerlo simplemente empezando a modificar los comportamientos que no le dan resultado, practicando los contrarios  a los que venía haciendo y que no le convenían, o haciendo los que se corresponden al objetivo que se fije como cambio. De este modo, uno puede ser más sociable a base de practicar la comunicación y la sociabilidad, a base de hablar, mirar, acercarse, amar, admirar, preguntar, saludar informar, ayudar, tocar, acariciar, sonreir y todas aquellas conductas que exija la comunicación interpersonal.

Es la prueba del algodón, como decía el anuncio. Basta con comenzar a actuar de manera contraria a como se hacía en un área de la vida que a uno no le agrada para que, al poco tiempo, se perciba que él va siendo diferente a como era. Sólo con asegurarse de cambiar los comportamientos, que como sabe se pueden observar, oir, medir y comprobar por quienes son testigos, es suficiente para modificar en parte nuestra forma de ser. Eso es lo que constata la epigenética, citada-  Si a eso se le añade, como guinda, una nueva actitud mental, una forma de pensar favorable a ese cambio, éste queda garantizado. En cualquier caso, con modificar las conductas externas y visibles sería ya suficiente forma de empezar.

Hay quien dice aceptar que, si uno es agresivo y hostil, puede comportarse en un momento dado amablemente con alguien, aun creyendo que este acto es, además de artificial y forzado, algo puntual que no ayuda a cambiar la personalidad. Ahora bien, en el momento en que se asume que se puede modificar una sola vez la agresividad, se está admitiendo que podrá hacerse más veces, si uno se empeña. A base de repetir esos comportamientos se logrará ser de otra manera, a pesar de que no se llegue a ser completamente diferente (ni falta que hace) porque uno no se sentiría del todo a gusto de perder gran parte de su estilo con el que ha venido conviviendo durante sus años previos al cambio. Uno modificará en parte su manera de ser y los demás comenzarán a verlo también distinto. Luego se puede cambiar en parte nuestra forma de ser, que es lo que aquí se defiende.

Se puede cambiar nuestra forma de ser a base de sumar cambios en nuestras conductas personales y sociales y en nuestras actitudes, creencias, expectativas y pensamientos.

RESISTENCIA

Lo que sucede, y en esto si estoy de acuerdo con esas personas reticentes e incrédulas, es que en todo cambio, aunque sea de unas pocas conductas, crea una resistencia. El cambio siempre supone tal resistencia porque establecer un nuevo hábito supone un esfuerzo y todo nuestro ser nos pide, aunque nos estemos comportando de forma perjudicial para nosotros mismos, seguir actuando como lo veníamos haciendo. Aunque parezca no creíble preferimos seguir en el mismo rail por comodidad a cambiar en otra dirección. La ley del “mínimo esfuerzo” nos frena.

Amparándose en esa creencia de que cuesta mucho cambiar, muchas personas dan el salto  de la dificultad a la imposibilidad de cambiar nuestra forma de ser. Una cosa es la dificultad y otra la imposibilidad. Es una forma de justificarse y admitir su falta de motivación para pagar el precio del esfuerzo que todo cambio lleva implícito.

Voy a repetirlo para que quede claro. La manera de ser de una persona es, en gran medida, el resultado de miles de conductas en una dirección determinada y, por tanto, bastaría con cambiar varios de esos actos durante una temporada y con una frecuencia grande para notar que uno va sustituyendo su manera de ser por otros rasgos. Si a ello se le quiere añadir un cambio de actitud mental que favorezca el tener presentes sus ventajas, miel sobre hojuelas, pero con lo primero bastaría para comenzar a verse uno mismo distinto de forma satisfactoria. Aunque no lo parezca, permítame el lector que le diga que a veces el resultado parece mágico. Lo afirmo rotundamente no solo por propia experiencia personal sino que lo constato a diario, cuando el paciente se implica de verdad.

Puede haber personas que difieran de este planteamiento, pero las invito a que primero prueben a aplicar este cambio y luego digan si es o no posible cambiar: ¡Porque sí es posible y cierto! Además, se puede empezar inmediatamente. No es necesario esperar a que se den las condiciones favorables, porque eso sería estar a expensas de, a merced de factores externos, cuando si algo tiene el ser humano es la capacidad de tomar la iniciativa y responsabilizarse de sus cambios. Y además se trata de uno de los mayores privilegios que tiene el ser humano: no estamos condenados por el determinismo, por el destino a ser de una forma determinada. No vale echar balones fuera.

Lo que no nos hace cambiar de manera de ser es atiborrarnos de medicamentos, esperando un remedio mágico-químico, que no existe. La magia radica en cambiar las actuaciones que a uno le perjudican y experimentar el bienestar que eso supone. “Fake it until you make it”, dicen los ingleses, “finja hacerlo hasta que lo haga”, y yo añado que, cuando lo haga, su estilo acabará siendo acorde a esas conductas modificadas, las conductas ayudarán a cambiar también la forma de pensar. Algo parecido dicen los irlandeses, “somos la canción que cantamos”, o lo que es lo mismo, “somos como nos comportamos”, idea que se analiza en otro capítulo del presente libro. De todas formas, ya dijo William James que, si uno desea sentirse de una determinada forma, debe empezar por elegir y realizar las conductas acordes con la emoción deseada. No hay que esperar a sentirse alegre (por ejemplo) para actuar con alegría, sino actuar “como si” estuviese alegre, aunque no lo esté.

SE REQUIERE CONSTANCIA Y MOTIVACIÓN

Aunque no necesitamos miles de horas de entrenamiento en las nuevas acciones que nos proponemos, ni tampoco miles de horas de reflexión sobre el cambio, sí que es preciso, para empezar a notar y asegurarse buenos resultados, practicar de modo constante, sin extrañarnos de que, a pesar de que el tiempo pase, nos siga costando mantener en vigor ese cambio. Nadie niega tal cosa, pero eso es harina de otro costal.

Naturalmente, constancia debe ir acompañada de una motivación alta, una elevada determinación de cambio, un deseo ardiente y un elevado interés y un importante grado de pasión. No es sólo cuestión de tiempo y práctica; si siempre se hacen las cosas de manera forzada y sin poner el debido esfuerzo, es más que probable que desistamos en poco tiempo.

Este canto optimista sobre el cambio posible es para que lo escuchen los deprimidos, los estresados, los ansiosos, los acomplejados, los introvertidos y los fóbicos, los inseguros y los indisciplinados, entre otros muchos que sufren porque son y viven como no quisieran ser ni vivir. Es para todos aquellos que quisieran mejorar y disfrutar con ello de un mayor bienestar personal. Y también para los escépticos.

NO RETRASAR EL CAMBIO

Hay personas que aceptan que se puede cambiar pero van dándose largas, poniéndose excusas y pretextos que les hacen ir retrasando la decisión, casi siempre por la incomodidad que supone romper los viejos hábitos. Durante este aplazamiento optan por dar muchas vueltas y analizar de forma interminable los pros y contras, ver qué pueden hacer presentando excusas que justifiquen su bloqueo. Lo mejor, en cualquier caso, es decidirse cuanto antes a hacer las enmiendas que procedan. Aunque siempre hay excusas aparentemente razonables, la verdad es que los cambios hay que empezar a hacerlos en cuanto uno advierte la posibilidad de llevarlos a término, sobre todo si, por retrasarlos, se acentúa el deterioro, como suele ocurrir. Así pues, lo que se precise hacer, que sea cuanto antes.

¿PRIMERO CONOCERSE Y LUEGO CAMBIAR?

He tenido muchos pacientes que acudieron con la mentalidad de que venían a conocerse, como aquellos que se sometían a la terapia psicoanalítica – al menos en mis tiempos -, con ánimo de saber a qué causas inconscientes se debía su forma de ser y comportarse.

Confieso que esta mentalidad proviene de aquella corriente que hablaba de cómo el ser humano tenía que conocerse bien para entenderse y poder cambiar después. Yo mismo, que me sometí a la terapia psicoanalítica nada más terminar la carrera, lo hice con dicha mentalidad hasta que vi que el planteamiento no era nada práctico: uno se entretenía intentando conocer su inconsciente, mientras el tiempo iba transcurriendo sin cambiar lo que era perjudicial. De poco me servía conocer mi inconsciente si no conocía lo que conscientemente pensaba y sobre todo si no pasaba inmediatamente a la acción de corregir lo que estaba haciendo que me perjudicaba.

Y no es que uno deba renunciar a conocerse, pero se puede hacer al mismo tiempo que tratar de cambiar lo que no nos sirve, lo que nos daña a nosotros mismos y perjudica nuestras relaciones. A la vez que tomamos conciencia es necesario disponerse a cambiar las tendencias y creencias, la manera de ser, el estado emocional y, sobre todo, las conductas cuando éstas resultan adversas a nuestro desarrollo personal. Lo importante, en definitiva, es descubrir qué estamos haciendo que nos reporta sufrimiento, lo que merma nuestra vida y nuestro rendimiento, lo que nos impide disfrutar de la existencia. Tras descubrirlo, es preciso comenzar a cambiarlo de inmediato por otros comportamientos diferentes que nos brinden satisfacción y bienestar personal.

Es más, uno puede saber perfectamente cómo es y a qué causas se debe y seguir haciendo las cosas como siempre, en cuyo caso ¿de qué sirve conocerse? Conocerse, sí, desde luego, pero para cambiar lo que no es útil y modificar las áreas que resultan nocivas. Esta debe ser la esencia de cualquier terapia. Si no hay cambio, de poco sirve un tratamiento, pues lo que a cualquier paciente le interesa es dejar de sufrir por ser de una manera concreta. Con saber cómo es, no resulta suficiente para reducir su tormento. Conocerse y cambiar al mismo tiempo, ese es el aliciente.

Cuando uno se dice a sí mismo que no puede cambiar,  es preciso luchar por apartarlo de la mente y positivizarse. Es una postura cómoda y conformista, siguiendo la tendencia a instalarse en la “zona de confort”. Se puede cambiar siempre algo, mientras estamos vivos. Lo importante es saber en qué dirección hacerlo, llevarlo a cabo y perseverar en el intento, esperando  los frutos, que con toda seguridad, más pronto que tarde, aparecerán.

Mi trabajo consiste en ayudar a las personas a cambiar y mi libro trata de demostrarlo y ayudar al cambio.

Para más información sobre mi forma de trabajar puedes entrar en     www.miguelsilveira.com (Práctica profesional).

 

Sobre nosotros

Psicólogo clínico y autor de varios libros. Más de veinte años de experiencia.

Publicado en: Sin categoría